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2月18日 Septiembre
Tu llegada agotaba el verano y yo sentía esa esencia de cambio que traías contigo, de manera imprecisa; en tu seno guardabas la lluvia que dejabas correr a tu paso y ese agua cambiaba mi vida a la vez que cambiaba los campos. Lentamente acababa el buen tiempo y también acababan los baños; el río iba transformandose en algo inhóspito y frío cuando el cielo tormentoso se reflejaba en el espejo oscuro y profundo de sus aguas. Mi memoria aún retiene aquellas tardes de tormenta oyendo repiquetear el agua sobre el cristal y, todavía, el olor a tierra mojada me devuelve a ese tiempo, en que podía sentir en mis manos la humedad de las hojas cayendo y anunciando sus oros cercanos. Días de tormenta en los que la oscuridad se apoderaba del pueblo y a la luz de las velas, en el portal de casa, sentados formando un círculo nos refugiábamos del agua, jugando para entretenernos. Vuelvo a ese tiempo…. y, siento que mi retina me devuelve aquella imagen y puedo verme cogiendo el almohadón que Pepe me lanzaba mientras decía: -- Con la M, ¡de La Habana ha venido un barco cargado de!…………. Y puedo oir a papa contándonos el cuento de la Isla de los mosquitos, le escuchábamos, absortos, mientras él relataba las aventuras que cada uno de nosotros vivía en aquella isla, deshabitada, en la que habíamos naufragado y en la que sobrevivíamos emulando a Robinson Crusoe. Pero antes de irte, de que nuestro tiempo acabara y todo cambiara, antes de volver a la ciudad a vivir otro invierno; nos dejabas el mejor tus regalos: la Fiesta del pueblo. Se encalaban las casas y engalanaban las calles para festejar a Jesús Nazareno; llegaban la música, los fuegos artificiales, las casetas del tiro al blanco, que se instalaban delante de casa, y había toros en la plaza donde las carretas y los carros iban colocándose hasta formar un círculo e improvisar un coso para celebrar la corrida. Los vecinos se volcaban en la procesión esencia de la fiesta. Se vestían con sus mejores galas y sacaban al Cristo, en andas, recorriendo con él las calles del pueblo. A algunos los veías sólo de año en año, llegaban de lejos, emigrantes que regresaban para no faltar a la procesión. Ésta recorría las calles serpenteando y haciendo paradas para que quienes llevaban al Cristo a hombros descansaran y para que los fieles hicieran sus ofrendas, de esta manera el manto del Nazareno iba cubriéndose y desapareciendo tras ellas. Pero tu seguías tu lento transcurrir y la fiesta acababa y llegaban las despedidas y la ciudad volvía a absorberme, pronto empezaban las clases y habría que esperar casi un año para volver a vivir otro verano. Mientras tú te ibas, yo, rebuscaba en el armario el reencuentro con mi mundo invernal, y aun puedo oír decir a mi madre: --¡Nena!, ¿Cómo está la cartera?, ¿te vale algún libro de tus hermanos?…..los cuadernos en La Isabelina………………. |
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