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December 23 Máscaras III. por J. A. Viedma
El artículo de J.A. Viedma fue publicado por la revista madrileña <El Correo de la Moda>, dentro de la Sección Variedades, en el número 291 del Año IX, que salió el 24 de enero de 1859.
Máscaras
Artículo disfrazado
I
Venid los galanes á elegir las damas, que en Carnestolendas amor se disfraza Moreto
Era á principios del siglo XVI, cuando el Emperador que dejó una corona á las puertas de un convento, encariñado con la verdad, decretaba: Por cuanto del traer máscaras resultan grandes males, y se disimulan con ellas y encubren, mandamos que no haya enmascarados en el reino, so pena de cien azotes públicos á la persona baja que se disfrace de dia, y doscientos si lo hiciere de noche, y destierro por seis ó doce meses si fuere noble el enmascarado. Esto pasaba en Valladolid, donde hervian los enmascarados de todas clases, y donde estaban en práctica costumbres que no debian oler muy bien a la moral, aun en un valle de olores. Hubo por ende sus penas, sus vapuleos que destierros, y el caso fué que al cabo y a guisa de antifaz, á la ley se le echó un velo, y tornaron los españoles á ponerse la careta. En el reinado de Felipe IV estuvieron tan en moda, que apenas hubo fiesta en córte en que no hubiese mascaradas y danzas. Para una de las régias veladas del Buen-Retiro se mandó por pregon, que nadie entrase con armas y sin careta, y el 15 del próximo febrero es aniversario de una lucidísima fiesta de mascaras que tuvo lugar en dichos jardines en el año 1637. Por Enero precisamente, y hará como siglo y medio, el rey D. Felipe V ordenaba en Madrid, que ninguna persona, vecino ó morador, estante ó habitante en esta córte, de cualquier estado, calidad ó condicion, pudiese admitir enmascarados en su casa para bailes de Carnaval ó inmediatos á esta época, pena de mil ducados. Publicóse en bando como ley, pero no debieron corregirse sin duda los españoles en cuanto á disfraces, porque años después, en 1748, volvió el Rey en el Pardo á ocuparse en este asunto, prohibiendo de nuevo las máscaras, pública y privadamente, en danza ó paseo, pena al contraventor si fuese noble, de cuatro años de presidio, y al prebeyo de otros tantos de galeras, y á unos y otros de treinta y dos dias de cárcel, amén de los mil ducados. Y parece que una vez en práctica esta especie de cacería de enmascarados, nuestros abuelos presentaron el rostro escondiendo el corazon. El resultado pues era el mismo. La máscara eludia la ley, y tantos embromados habia con antifaz como sin él. Esta consideración debió mover á los legisladores á ser mas humanos con la careta. Transigiose con las mascaradas, prévias mas ó menos formalidades, según los tiempos, y en particular desde el reinado de Carlos III, hubo al menos una época en el año en que los hombres y las mujeres solían decirse la verdad en traje de mentira.
II
Si Carlos I y doña Juana, y Felipe V, pudiesen hoy dar un paseito por sus reinos, figúrense Vds. El rato que pasarian. A la sazon no hay en la Villa del Oso mas que seis u ocho asociaciones-coreográficas con careta. El Casino Matritense, El Liceo, La Belleza Madrileña, La Oportuna, La Jóven Esmeralda, etc., etc. En Capellanes se baila, y se baila en el Circo de Paul. El primero es un ex-seminario, cuyas bóvedas tiemblan de ira al oir una polka. El segundo debe su celebridad á sus fiestas coreográfico-ecuestres. Aquí no es muy violenta la transición. Hoy es un salon oriental, refugio de desorientados. Ademas se baila en Lope de Vega y en Tirso de Molina. Estos serian los dos monumentos que ha levantado España á los autores de La villana de Vallecas y de El mejor alcalde el rey. Y por si no es bastante para calmar la inspiración pedestre, muy pronto el Régio Coliseo comenzará sus veladas carnavalescas, y la Cruz pasando por alto su título hará lo mismo, y el Príncipe, y la Zarzuela, y la Plaza de Toros si es necesario. Esto amén de cuatromil Casinos y otros tantos Liceos que estarán hoy en España ocupándose de asuntos idénticos. Decididamente la profesion de un callista es la que ofrece mas ventajas para el porvenir. Pero en cualquiera de estas soirés enmascaradas aprenden: El estudiante, á perder el año. La modista, á quedarse sin parroquia. El hacendado, á deshacer lo que sus papás hicieron. El pollo, á saber muchas cosas de buen tinto, sino de buena tinta. El literato, á soltarse en el manejo de la lengua. El cala-vera, á calar de verdad á través de la careta. El tonto a desempeñar su papel. El fil-oso.fo, á que le coja de medio á medio su dominación. La viuda a perpetuar su estado. El hortera, á ejercitar los piés. El barbero, á familiarizarse con las vacías (suplecabezas) El sastre, á zurzir y cortar, según convenga. Y así casi todos los demas concurrentes. Y los que forman estas asociaciones se divierten, y tienen después que contar, hasta dinero. En cambio no ha podido formarse en España una Sociedad de autores dramáticos siquiera. Esta última consideración me parece de un gran efecto cómico para concluir este párrafo.
III
Los cortesanos á la máscara Le llaman rostro. Covarruvias
Ahora me acuerdo de que debí comenzar este artículo investigando la antigüedad de la máscara, y dando después cuenta de su metamorfosis. Pero ya es tarde, y para tranquilidad de mi conciencia solo puedo decir: Que la máscara debe ser tan antigua como la vergüenza. El primer bípedo que se ruborizara debió cubrirse el rostro. Si este origen no les gusta á Vds. Sea la careta invencion de la verdad perseguida. Por eso es el distintivo de la musa de la comedia. Por eso los cómicos griegos y latinos usaban de antifaces para decir la verdad al público. Y si tampoco están Vds. conformes con esta genealogía, sean los disfraces tan antiguos como los hombres feos, porque estos en cualquier siglo son máscaras, aunque no usen antifaz. Y por último, si ni aun esto sirve, venga la careta de mas-cara, esto es, otra cara, ó de cara-altera ó carátula, ó del maschere italiano, ó del masqué francés, como quieren diversos escritores. Ademas, puede ser egipcia ó romana, y oriunda de una momia ó de una bacante; pudiendo haber sido perfeccionada por los alemanes ó los venecianos. Yo creo que por los últimos, por la celebridad de sus Carnavales; pero si Vds. creen lo contrario, por eso no hemos de reñir. De estas premisas pueden mis lectoras sacar las consecuencias que gusten. De mi sé decir que la única consecuencia que de las máscaras saco, es que sacan de tino, de tono y de consecuencia á todos sus devotos. En cuanto al Carnaval, me parece un pleonasmo en la actualidad. Y la careta una redundancia en materia de disfraces. Pero puesto que este juego de conocerse ó no, divierte hoy tanto á los hombres, lo acepto; y como prueba doy á luz este artículo con antifaz. Si no le conocen Vds. consideren que sale disfrazado, y dejenle pasar, toda vez que sigue la costrumbre. Comments (3)
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