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June 25 Dante IIIA continuación insertamos el siguiente capítulo de la biografía de Dante Alhigieri que Cayetano Vidal publicó en el número 362 de la revista madrileña, destinada al público femenino, <El Correo de la Moda>, que vió la luz el día 16 de julio de 1860. Respetamos la ortografía original.
DANTE II. LEYENDAS (Continuación)
Algunos años habian transcurrido: el proscrito de Florencia arrastraba sus dolores y amarguras por las estrechas calles de la Cité, procurando apagar la memoria de las grandezas pasadas con la asistencia á las sesiones de la Sorbona, ó con la composición de aquellos inspirados conceptos, que constituyendo cada uno de por sí un robusto y bien labrado sillar, juntos debian componer el magnífico y sin par monumento levantado á la memoria de una mujer. Pero ni el triunfo obtenido sobre los doctores de aquella academia, cuyas cuestiones analizó, y digámoslo así, desmenuzó juntas y detalladamente; ni la aureola de gloria que debía rodear su nombre en lo porvenir, cuyos destellos entreveia en sus sueños de poeta, amortiguaban en el pecho el amor á la patria, a aquella patria que tan ingrata fuera con el defensor de sus libertades. Llegó un dia en que la reaccion torno a consolidarse en Florencia, y entonces haciendo un estraordinario sacrificio de amor propio, solicitó que se levanara la sentencia que le obligaba a vivir lejos de su bel San Gioanno. Más como para alcanzarlo se le impusieron severas humillaciones y bajezas, devorando sin duda las lágrimas que le arrancaran el dolor y el despecho, contestó con magnánima entereza: <Que en todas partes iluminaria el sol, y que si bien amargo, jamás le faltaria el pan.> La nieve de los años comenzó sin embargo á caer sobre aquella naturaleza gastada por los pesares, por los trabajos y por el estudio. Las húmedas y sombrías calles de la Cité traian con mas frecuencia á la memoria del peregrino las rientes praderas y floridos vergeles de su amada Italia: el aspecto del París del siglo XIII le hacia suspirar por su Florencia, con sus palacios, sus iglesias y sus castillos de gusto tan puro y delicado como los chapiteles, portadas y rosetones de Nuestra Señora, cuya grandiosa fábrica se acaba de construir. Apoderóse de él esa terrible enfermedad que se llama nostalgia, y á pesar de que pocos meses antes habia rechazado las proposiciones degradantes mediante las cuales se le consentia volver á su patria; á pesar de que se le representaba viva la memoria de aquellas humillaciones de que fuera víctima al entrar y salir de la casa agena en busca del amargo pan de la emigración, se decidió á volver á Italia. Allá en la antigua é ilustrada Ravenna, conservaba un amigo, que nunca, ni en sus dias de gloria, ni en sus años de infortunio olvidó al soldado de Campaldino. Guido Novello, seor de Polenta, moraba en aquella ciudad, y allí dirigió sus pasos el desterrado por los odios de partido.
¡Cuánta ternura, cuántas lágrimas, cuántos recuerdos, cuántos odios, temores y esperanzas se agolparian en la cabeza y el corazon del cantor de Francesca al poner la planta, después de quince años de ausencia, en las comarcas italianas! Y sin embargo pronto nuevos pesares debian lacerar su atribulado corazon. Al atravesar las ciudades güelfas, mal apagados aun los rencores de banderia, salian las mujeres y los niños, y acompañaban con rechiflas y maldiciones al desventura gibelino, que viejo, decrépito y desesperado, regresaba al suelo pátrio. Las mas prudentes, contenidas quizás por el respeto y la preocupación, apretaan contra su regazo á los pequeñuelos, y con misterioso tono y siniestro ademán les decian: <veis á aquel hombre? Pues ha estado en el infierno>.
Por lo menos si Dante hubiese podido oir semejante observación, habriase regocijado al considerar que su Cántico del Infierno, la primera parte de su poema, el dilatado manuscrito que entregara quince años antes al prior de Santa Croce se habia generalizado, ya que hasta las mujeres en su piadosa preocupación creian que el cantor de las miserias humanas habia realmente presenciado los cuadros de horror y desesperacion, hijos solos de su ardiente fantasía y observacion profunda y detenida.
Cuéntase, sin embargo; y esto pudo compensar en parte al vate florentino de tanto desprecio como habia debido apurar, que al discurrir por una de las calles de otro de los pueblos a atravesar debia para llegar á la mansion de Guido, oyó á un chapucero que el compás de su martilleteo entonaba, ó que mejor decir, destrozaba los preciosos versos de aquella cancion que compusiera un dia en honor de Beatriz; aquella cancion que puesta por Dante en boca de Casella empieza: <Amor che nella mente me raciona.>
Entonces entró en la tienda, y topando cuanto halló á mano echólo por el suelo, diciéndole al atónito menestral: -- <Tu musitas mis versos y destruyes mi propiedad, yo arrojo al suelo los instrumentos de tu oficio: estamos pagados.>
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